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Pienso que todos tenemos una primera percepción clara de que negocio no es lo mismo que empresa, y que un negociante tampoco es lo mismo que un empresario. Veamos si es posible explicarlo sin ambigüedades.
Un negocio necesita de una condición: que el ingreso que se genera sea mayor que el egreso asociado. Si esta circunstancia se cumple, hay negocio y no hay que pedir más. También es cierto que hay personas que hacen negocios en forma recurrente: terminan uno y empiezan otro. Pero esta recurrencia sostenida no alcanza para afirmar que esos sucesivos negocios sean una empresa, porque una empresa necesita de algunas otras condiciones.
En primer lugar, la empresa exige cierto afán de permanencia. No se hace una empresa con un fin temporal predeterminado. Salvo casos excepcionales, no se funda una empresa con una fecha acordada en la cual dejará de existir.
En segundo lugar, la empresa ha de tener una misión externa; esto quiere decir que su razón de ser se basa en un producto o servicio que satisface alguna necesidad real de un cierto grupo de personas. Cuando dos décadas atrás, en Estados Unidos, una organización comercial desarrolló la Pet Rock, una línea de mascotas que no eran otra cosa que piedras de distinto tipo y color que las personas adquirían y cuidaban como si fueran mascotas vivientes, no se puede decir que estuviera satisfaciendo una necesidad real. Un tiempo después las piedras mascota habían pasado a la historia, nadie sensato las mantenía en su poder salvo como recuerdo de uno de los éxitos comerciales más absurdos del siglo XX. La organización que las había comercializado hizo un buen negocio en términos financieros, pero no hizo empresa, pues al no satisfacer una necesidad real, no pudo cumplir con la condición primera, la vocación de permanencia.
En tercer lugar, la empresa mercantil ha de generar valor. En otras palabras, tiene que producir riqueza –beneficio
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Los que sólo miran los números no hacen empresa, hacen negocio. Y muchas veces malos negocios.
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s, utilidades, rentabilidad o como se le quiera llamar–. Pero no alcanza con que genere dinero. Una empresa lleva consigo el afán de generar la mayor cantidad de dinero posible de acuerdo a las circunstancias que la rodean. Y eso lo consigue cuando satisface necesidades reales. ¿Cómo darse cuenta si se está siguiendo este camino? Es sencillo: si esas empresas ponen por delante la misión externa, sus directivos trabajan centrándose en satisfacer a sus clientes, en cumplir su misión, en hacer aquello para lo que la empresa fue creada. Saben que si lo hacen bien y si la necesidad que satisfacen es real, los resultados económicos vendrán por añadidura. Por contrapartida, están aquellos otros directivos que se focalizan en los números como si fueran el fin, y no se dan cuenta de que así destruyen sus posibilidades de convertirse en empresarios. Los que sólo miran los números no hacen empresa, hacen negocio. Y muchas veces malos negocios.
En la dinámica social contemporánea, la creación de valor económico proviene de las empresas. Otras instituciones, entre las cuales se encuentran las entidades públicas y las organizaciones del tercer sector, contribuyen a complementar los servicios que las empresas suministran, facilitan el mantenimiento de un marco estable en el cual las empresas privadas crecen, a la vez que garantizan el libre desarrollo de los ciudadanos en múltiples facetas en los que la empresa privada no puede ni debe inmiscuirse. Pero si la empresa mercantil no crea riqueza, poco podrán hacer el resto de las instituciones. Y si la riqueza que generan es menor de aquella que está a su alcance, el resto de las instituciones se encontrarán también limitadas para lograr lo que podrían hacer por falta de recursos.
Una empresa está formada por personas y ha de convertirse en un ámbito donde quienes trabajen encuentren posibilidades factibles de desarrollo personal de acuerdo a sus peculiares condiciones personales. Si una organización no logra ofrecer estas posibilidades en forma sostenida, se convierte en un lugar de paso o en un ámbito estable donde se aglutinan personas que acumulan frustración y fastidio.
Por otra parte, la empresa ha de evitar las trampas que limitan su crecimiento. Entre ellas, una de las más importantes es la trampa del control. Sucede cuando el propietario exitoso encuentra
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El concepto empresa implica necesariamente un afán de despersonalizar, o lo que es lo mismo, profesionalizar la empresa separando el capital de la gestión.
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que para seguir creciendo no tiene más remedio que descentralizar y estructurar la empresa de una forma tal que ya no dependa de su actuación personal. En razón de esta dinámica, el concepto empresa implica necesariamente un afán de despersonalizar, o lo que es lo mismo, profesionalizar la empresa separando el capital de la gestión. Este duro trance es condición necesaria e ineludible para continuar creciendo, accediendo a otras fuentes de capital que no sean los fondos propios del fundador.
Permanencia, afán de riqueza, satisfacción de necesidades reales, propósito de despersonalización, ámbito propicio al desarrollo integral de sus partícipes. Todo esto es necesario que esté presente en la empresa para que pueda cumplir su papel en la sociedad contemporánea. Pero no es suficiente.
Hay una última condición que ha de estar presente. El empresario ha de asumir su papel como miembro de una élite gobernante. Junto a los políticos de la cosa pública, a los líderes de las organizaciones no gubernamentales, sindicatos, universidades, junto a los intelectuales y a los referentes religiosos, el empresario está obligado a asumir un deber como hacedor de la sociedad. El empresario no puede ni debe hacer lo que le toca al político, ni menos aún la labor del intelectual. Pero tampoco puede permitir que alguien distinto a él asuma las responsabilidades como motor generador de riqueza genuina. No se logra el desarrollo sostenido cuando el empresario se retrae a ser sólo un artífice de negocios, permitiendo que otros agentes decidan por él y ocupen el lugar que le corresponde en el concierto de los constructores de la sociedad en la que opera su empresa.
Es posible que algunos que aspiren a convertirse en empresarios encuentren la lectura de estas líneas un tanto desanimantes. Es razonable que sea así. Pero para otros quizás el efecto será el contrario. Ya no se trata de que quien hace empresa esté haciendo algo para él y su familia. En
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El empresario no puede ni debe hacer lo que le toca al político, ni menos aún la labor del intelectual. Pero tampoco puede permitir que alguien distinto a él asuma las responsabilidades como motor generador de riqueza genuina.
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su accionar como empresario estará además construyendo sociedad, haciendo el país. Sabemos que hay muchas personas bien intencionadas, motivadas por hacer algo por los más necesitados, por involucrarse en un proyecto país, que gastan parte importante de su vida trabajando en actividades sin fines de lucro, en ONGs, en la política pública o en la protesta sistémica. Imaginemos si parte de esa energía se volcase en hacer empresas de verdad. Imaginemos si los más jóvenes, usualmente los más entusiastas para acometer empresas magnánimas, canalizaran toda su “bronca” ante las injusticias innegables, y la pasividad de tantos, en generar valor genuino.
Hay que entender que hacer cosas grandes exige complicarse la vida. Esto también es cierto para los candidatos a empresarios. Hacer empresa es mucho más complicado que hacer negocios. Pero esta es una decisión que cada uno ha de tomar a conciencia: quiero vivir tranquilo o quiero complicarme la vida en misiones que valgan la pena. Quiero hacer negocios o quiero hacer empresa, contribuir a través de mi actividad empresarial en la construcción de la sociedad, en la consolidación del país que sueño, que soñamos.
Cada uno puede hacer lo que quiera. Mientras los negocios sean honestos, no tienen nada de malo. Pero muchas cosas en una sociedad dependen de que muchos quieran dar un paso más, hacer empresa de verdad; lo que exige una condición elemental: que se sientan capaces.
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